Ya voy de camino a Ceuta, con mi gran amigo Javier Morey.
Tendré que meterme en su piel, ser un gran inspector jefe en la comisaría de El
Príncipe, y soy consciente del duro trabajo que allí me espera. He sido enviado
para cumplir una misión: desactivar la célula yihadista que está captando a
jóvenes descontentos del barrio ceutí de El Príncipe. Sé que esta gente no se
anda con rodeos, y que no dudarán en hacernos saltar por los aires.
Hace unos meses un joven llamado Tarek Bashir se inmoló en
Tánger matando a once personas. El príncipe se está convirtiendo en un
verdadero foco de captación. El CNI cree que policías corruptos del barrio
están colaborando con la red yihadista a cambio de dinero. Mi misión es
identificar a los colaboradores y desactivar la célula. Por ello, me han
mandado aquí como infiltrado.
El barco por fin toca tierras ceutís. El día es soleado y
por el puerto caminan multitud de personas que llegan o que se marchan. Así es
la vida, unos vienen y otros van. Observo el paisaje, cómo trabajan en el
puerto, a las personas con las que tendré que convivir un largo período de
tiempo hasta finalizar mi misión. Parece todo muy tranquilo. De repente escucho
a una señora que camina delante de mí. Grita el nombre del que supongo que será
su hijo. El niño trae una pelota con la que juguetea, pero de repente se le cae
al suelo y le da una patada desviándola del lugar. El niño corre detrás de la
pelota mientras su madre grita su nombre muy asustada. No me da tiempo a
reaccionar, se trata de un niño pequeño por lo que corro detrás de él para
detenerlo. Llego justo a tiempo para detener a una furgoneta que lo hubiese
atropellado y recoger la pelota.
Pero me doy cuenta que no estoy solo, que hay otra persona
que también ha corrido para salvar al niño. Me volteo y consigo ver a una joven
que intuyo que es marroquí por el velo rosa que cubre su pelo. Va vestida con
unos pantalones vaqueros y una camisa blanca con una chaqueta rosa más claro
que su velo. Sus ojos parecen dos esmeraldas, verdes e intensos. Es guapísima,
lo tengo que reconocer. Y se ve aún más hermosa con ese niño en sus brazos. Ha
corrido detrás de él para salvarlo, lo que me deja entrever cómo es
personalmente, sus valores y actitudes. Me gusta, me gusta mucho.
Le doy la pelota al niño mientras su madre me agradece el haberlo
salvado. Para eso estoy aquí, para salvar a gente, así que ya he logrado algo
importante en esta misión como policía. Sin embargo no puedo dejar de mirar a
la chica, que sonríe.
- ¡Vaya susto! – Dice mientras me mira. Me quito las gafas de sol para poder verla mejor. Estoy en lo cierto, es guapísima.
- Sí, ha faltado poco.
- Muchas gracias.
- No, gracias a usted. – Sonrío y ella me sonríe. Es guapísima y sus ojos se clavan en los míos durante segundos. Tiene una mirada intensa y con mucho sentimiento.
Mientras se marcha con otra joven que la acompaña, la sigo
observando. No solo es hermosa por fuera, sino también por dentro. Me hubiese
gustado preguntarle su nombre, dónde vive, su número de teléfono. Ojalá la
volviese a ver alguna vez.
Nos hemos bajado del barco. Leila, mis amigas y
yo veníamos de Málaga. Hemos ido a comprar mi
vestido para la pedida. Estoy comprometida con mi primo Khaled y me
quiero ver muy guapa para el día que lo vuelva a ver. No lo conozco mucho, pero
mi familia y la suya han acordado nuestro futuro matrimonio y creo que es un
buen chico y me tratará muy bien.
Veníamos muy contentas del viaje pero, de repente, un niño
ha salido a correr detrás de una pelota y he salido a correr detrás de él. Por
suerte otro joven y yo hemos conseguido salvarlo de una furgoneta que lo
hubiese atropellado. Le he dado las gracias al chico. Era… precioso.
Desde que lo he visto no he podido olvidar esos ojos verdes
con esa mirada tan profunda. Es muy guapo. Qué pena que no hayamos podido
hablar más. Si Leila no hubiese venido conmigo… Pero por suerte hemos logrado
evitar una tragedia. Me cuesta creer que haya personas que se puedan arriesgar
tanto como lo ha hecho él.

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